domingo, 26 de julio de 2015

El ataque de las sandías asesinas en 3D



Por si el nombre de la historia no lo dejó bien en claro, hoy toca derrape absoluto. Lo más curioso es que esta cosa la mande a un concurso literario una vez, no me sorprendería si la dejaron en el último puesto, jaja. Ah, y si, se supone que actualizo los sábados, pero bueno, cosas que pasan.

Nuestra historia comienza con un científico, el reconocido Charles Augurey, que, luego de numerosos intentos fallidos, no lograba encontrar una fórmula que le permitiera obtener un color de pelo que no se viera falso. Los resultados de sus experimentos incluso le estaban causando problemas con sus vecinos, inmigrantes de algún país con nombre chistoso, pero no se rindió y continuó adelante.
Cuando parecía que al fin su objetivo se había cumplido, la mágica sustancia terminó resbalándose de sus frágiles y débiles dedos de persona ajena al trabajo duro (y que vive con salario mínimo), cayendo sobre una sandía, que, por razones más allá de la comprensión humana, se encontraba en ese momento en el suelo de la habitación. El resultado fue sorprendente. La Citrullus Lanatus en cuestión comenzó a moverse, como si dentro de su cuerpo unos incompletos pulmones intentaran obtener aire para respirar y no pudieran por la fina y poderosa cascara de color verde. Charles cortó un pedazo de la misma, y el agujero resultante se movió como una boca, mientras el aire ingresaba rápidamente y el jugo salía manchando la fina alfombra, comprada en una tienda de usados a muy buen precio.
El científico estaba maravillado. De alguna forma, la fruta había cobrado vida por efecto del extraño líquido que hasta hace unos segundos iba a ser probado en una pobre rata de laboratorio que a duras penas podía moverse debido a la cantidad de químicos que había acumulado en su sangre con los años. Algo como lo que había sucedido, lo de la sandía, obviamente no lo de la rata, podría cambiar el mundo para siempre, pero primero había que revisar qué posibilidades tenía la pulposa criatura.
Los intentos del científico de enseñarle matemáticas resultaron en desastre. Obviamente, la sandia no estaba interesada en derivadas e integrales. Su única ocupación parecía ser respirar y, de vez en cuando, escupir algo de jugo, manchando equipamiento estimado en varios miles de dólares.
Después de muchos intentos con distintos cálculos y ecuaciones, Charles sufrió al ver como su creación lentamente había dejado de moverse. Intentó recuperarla de alguna forma, pero parecía que no podía, la sandía había muerto. Empezó a plantearse si realmente había estado viva alguna vez, más allá de ser parte de una planta, que es obviamente un ser vivo. Tal vez todo lo sucedido había sido solo una reacción a la tintura o de los estupefacientes que había consumido y poco más. Se deshizo de la fruta, y empezó a preguntarse por qué razón había una sandía en el suelo de su habitación en primer lugar. Pero lo interesante pasó afuera. La sandía fue encontrada por un hombre que trabajaba como ayudante en una frutería,  pero que odiaba a su jefe. Por alguna razón, creyó que colocar esa sandía en mal estado junto con las demás de la tienda, podría causarle problemas (de mi parte, considero que hay métodos mejores para molestar a alguien, como llamadas en broma o amenazas por carta, que colocar fruta podrida en un cajón, pero estamos hablando de un simple empleado que a duras penas pudo terminar la primaria, y en turno nocturno mientras trabajaba vendiendo chocolates en el puerto).
Ni bien la sandía fue colocada con sus congéneres, sus jugos chocaron con ellas, y terminaron alterándolas. Por el azar del destino, esta vez la transformación fue más grande, y el resultado fue un ejército de cucurbitáceas mutantes, con ojos, piernas, y brazos, sospechosamente parecidos a los de los seres humanos (cuesta encontrarle el sentido, pero si se toma en cuenta el Darwinismo, y se ignoran algunas leyes de la física molestas, no es tan extraño).
Estas sandias, claramente sintieron una aversión por la humanidad, que tiende a comprar melón o manzanas en vez de ellas, por citar frutas que se parezcan (las manzanas claro que se parecen, son rojas en parte).
Sus actos fueron rápidos. Atacaron a una tienda de armas, atendida por una inocente anciana, y, armados hasta los dientes que no tenían, comenzaron sus ataques.
No tardaron en producir toda clase de hechos horribles y, en algunos casos, denigrantes. Robos, asesinatos, violaciones, genocidios, y levante de quiniela clandestina. Si algo se puede decir, es que al menos no les vendían droga a los niños. Eso es algo bueno, aunque muchas veces se los comieran.
Charles no tardó en darse cuenta de que todo había sido su culpa. Eso, o de que otro científico también estaba buscando tinturas para el cabello (es un tema muy en boca en la comunidad científica actual). Decidido a encontrar una cura, trabajo durante día y noche, menos los lunes que tiene franco, y logró encontrar la máxima sustancia removedora de color para el pelo. Solo restaba encontrar a un guerrero lo suficientemente capaz de usarla, ya que a él ya le dolía la cadera.
Fue así que llegó el gran Edward, cuyo apellido me anoté en un papel que perdí mientras venía para acá. Un jugador de futbol profesional, con un coeficiente intelectual ligeramente menor a la media y, lo más importante, pectorales, de esos que son grandes. La persona perfecta para cumplir el rol. El doctor lo conocía de un antiguo congreso que se había celebrado en Macedonia, y si, suena raro, pero Macedonia tiene una gran cultura científica, o eso era lo que decían los folletos al menos.
Edward se armó con una pistola que llevaba la peligrosa sustancia y salió a la calle. Las sandías no pudieron hace nada para detenerlo y fueron muriendo a medida que el liquido las mojaba. Hubiera sido su final, de no ser porque eran un ejército de miles contra un solo sujeto corriendo con una pistola, así que eventualmente lo redujeron, y es mejor no decir que le pasó al pobre Edward. Lo gracioso de todo esto es que el ejército ni siquiera intervino porque era feriado.
Así que finalmente, el mundo se acabó. Las sandias lo conquistaron, y exterminaron a la humanidad. Lo bueno de todo esto, es que no les vendieron droga a los niños, salvo una vez, pero fue un accidente, además el documento del chico estaba muy bien falsificado.
FIN.

sábado, 18 de julio de 2015

Cuestión de cordura



Este texto originalmente fue para un concurso, por eso es bastante corto, ya que tuve que atenerme a una cantidad de palabras especificas (como odio eso). Si se ve muy similar al anterior es porque en cierta forma fue un “Remake” que hice de ese pero para el concurso. Y de nuevo Antonio Sotomayor hace la revisión esta vez. Nahuel volverá la próxima semana.


En un primer momento pensé que mi hija gritaría más, pero al final su madre fue la que me dio la sorpresa. Cuando las autoridades llegaron, ya había terminado. Les fue inesperado encontrar los cadáveres de mi mujer y mi hija, con mis manos manchadas de sangre hasta el codo, más aun porque yo había hecho la llamada, pero todo era necesario para marcar mi punto.

El juicio fue largo y tedioso. Yo ya había vivido varios de ellos, solo que nunca desde esta posición. Muchos de mis compañeros estuvieron allí, intentando aducir que mis actos no habían sido los de un hombre cuerdo. Debo admitir que su esfuerzo era valorable, hasta varios policías habían vomitado al ver lo que yo había hecho, que alguien aun me guardara empatía era asombroso. Al final salieron victoriosos, y fui enviado a un hospital psiquiátrico en vez de a una cárcel. Me senté tranquilamente en mi cuarto acolchado, y esperé a que se fueran para terminar con esto. Lloré, y bastante, pero después no pude evitar sentirme bien. Lo había logrado, después de años de trabajar con los más peligrosos psicópatas, de analizar sus delicadas mentes, había logrado lo impensable, había activado la locura de manera voluntaria, y la había apagado una vez que hubiera terminado. Fue terrible, lo sé, pero ahora estaba cuerdo, y me daba cuenta de los actos horribles que había cometido, ya no había vuelta atrás, pero si mucho trabajo por hacer.

Con cierta dificultad grité para avisarle a los guardias, pero no contestaron, probablemente tendría que insistir, y por mucho tiempo, me iba a costar convencerlos, pero ahora ya no estaba loco, era un hombre cuerdo una vez más, un hombre cuerdo, si. Lentamente, los muros a mí alrededor se me hacen más cerrados, y siento como mi última afirmación se pone en duda.

sábado, 11 de julio de 2015

Pensamiento circular



Hoy vamos a tener otra historia bastante vieja, de lo primero que escribí original para subir a internet, y que es muy similar a lo que va a venir la semana que viene, pero después diré un poco más acerca de eso. Esta vez Nahuel no se encontraba disponible, así que le doy las gracias a Antonio Sotomayor por hacer la revisión. Cualquier queja a él.


Ese día me desperté con ganas de matar a alguien.

Simplemente eso. Era como un sentimiento interno y ya, así que fui y maté a mi esposa, incluso los oficiales policiacos más avanzados no podían evitar vomitar cuando entraron a mi hogar; yo les había llamado cuando terminé.

Los médicos jamás pudieron explicarlo, normalmente hay una base psicológica que justifica estos casos, pero mi historial rechazaba cualquier hipótesis.

¿Problemas maritales? Ninguno. La relación con mi mujer llevaba solo unos cinco hermosos años, y todos sabían que tener hijos no estaba en nuestras ideas próximas siquiera.

¿Padres abusadores, sobreprotectores, exigentes, desganados? Tampoco. Debo aceptar que mi infancia debe haber sido una de las más felices; aprendí a valorar lo que uno tiene, esforzarse por los demás más que por uno mismo, pero sin dejar de lado la propia integración personal.

¿Trabajo? Uno muy bueno como abogado, siempre había sido mi sueño desde chico.

¿Sexualidad? Normal, supongo, nunca me he quejado.

¿Perfección agobiante? Para nada. Todos los problemas de una persona común y corriente entraban en mi vida; ni en manera excesiva, ni en mínima, solamente estaban, como en cualquier ser humano, a un grado que no producía estrés o colesterol elevado, pero que tampoco me dejaba estar feliz todo el tiempo.

¿Problemas económicos? A veces; pero al mismo tiempo pasábamos rachas sin problemas.

¿Salud? Tuve algunos picos de hipertensión hacia un año o dos, pero nada grave. Solo con un mínimo cuidado en la dieta podría evitarlos nuevamente, de todas formas nunca fui muy aficionado a las comidas con mucha sal.

¿Y entonces qué? Entonces simplemente fui catalogado como algo imposible de determinar. Era como si un día no hubiera tenido ningún sentimiento que me hubiera evitado degollar a mi pareja y rebanarla en varios pedacitos, por el mero placer de hacerlo. Nunca me había gustado el morbo, e incluso escapaba al cine sangriento; pero parecía que las cosas habían cambiado de la noche a la mañana, como si fuera otra persona.

Pero no, era yo. Ese detalle había desaparecido, y no me molestaba en lo mas mínimo.

Pasé varios meses internado, tal vez años. Ya era prácticamente imposible encontrar un entendimiento para mi mal, y se hablaba de una reintegración en la sociedad entre algunos médicos que nunca encontraban anomalías en mis actitudes, aun pese a lo que había sucedido; pero el que tenia de cabecera insistía en que seguía igual que cuando me internaron.

Como no había vuelto a agredir a nadie, y mi actitud era prácticamente la misma que había tenido antes de lo que pasó con mi mujer, resultaba curioso el tema de los sentimientos. Era como si hubieran desaparecido en su forma real, o algo similar; porque aunque los expresaba, no parecía importarme.

Y un día de esos, volvieron a ser como eran antes, sin ninguna razón, de la misma forma que habían cambiado; y lloré, grité, e incluso quise matarme.

Pasaron varios años desde eso hasta que los doctores notaron que ya no quedaba rastro de aquel que había ingresado. Solo era un pobre diablo que se sentía en el lugar incorrecto. Mi actitud era la misma que la de cualquier otro que siente un arrepentimiento por algo horrible.

Mi cordura fue aprobada eventualmente sin problemas, lo que me permitió salir tras haber pasado unos diez años en total encerrado. A mi entender se debió más al deseo de los médicos de deshacerse de mí luego del fallecimiento de mi antiguo psiquiatra, que porque realmente mi mente se hubiera estructurado según los parámetros correctos.

Aunque mis pensamientos eran como antes, ya no disfrutaba de la misma forma. Mis instintos violentos habían desaparecido, aunque casi ni se habían manifestado; y había culpa, demasiada.

Pasó el tiempo, y me di cuenta que mi vida podía volver a ser escrita. No intente volver a relacionarme con mi familia por mi cuenta, no quería que sufrieran.

Mis ex jefes del buffet no sabían tanto del tema en sí; y como extrañaban mis grandes capacidades, volví al trabajo gracias a sus recomendaciones, por lo que pude permitirme una casa buena.

Conocí a una mujer de unos treinta años durante una reunión de trabajo, y empecé una relación con ella; pese a que me traía algunos recuerdos no muy buenos de mi antigua pareja, me permitió disfrutar nuevamente de la vida.

Y en la última semana, mis padres habían vuelto a hablarme, las cosas estaban mejorando.
La felicidad inundó mi corazón nuevamente, no podía expresarlo con palabras. Había perdido mucho, pero lograba seguir adelante.

Hoy me desperté con ganas de matar a alguien.

sábado, 4 de julio de 2015

La verdadera muerte



Por poco me olvidaba que tocaba actualizar, jeje.

Esta historia es una de las cosas más viejas que escribí, de hecho, creo que es lo primero que escribí no fan fiction desde que escribo regularmente. En parte por eso es que le tengo un cierto cariño especial, además de que era una idea que el otro día me puse a pensar, se me ocurrió masomenos cuando aun seguía en la primaria. Debe estar subida en uno o dos tres lados perdidos por la Internet, y ahora llega aquí, a este pequeño rincón.

James Solth es el Diablo encarnado en persona, me lo habían dejado bastante claro todos mis conocidos que habían oído hablar de él.
Creo que nunca hubiera buscado su ayuda de no estar tan desesperado, pero déjenme contarles la historia completa.
Mi nombre es Gerard Pauliette. En mis tiempos jóvenes me dediqué de lleno a actividades poco legales. No digo que haya estado bien que lo haya hecho, pero fue lo único de lo que  pude ocuparme en esa época. Mi trabajo consistía en sacar del camino personas molestas para mis jefes, pero aunque murieran a mis manos, nunca sentí compasión por ninguno de ellos, no la merecían.
Un día cambió todo. El sujeto que tenía que matar había causado problemas muy graves como para dejarlo con vida, pero sin desearle el mal a nadie. Por primera vez sentí que apretar el gatillo no era tan sencillo como antes, y aunque finalmente lo hice, supe que sería la última vez. Siempre vería su rostro en las caras de mis victimas.

Salir del negocio no fue tan difícil como cualquiera habría pensado. Me había ganado mi retiro con los años, aunque los demás no entendieran por qué había tomado tal decisión.

Durante los siguientes meses fui realizando trabajos menores, lo que sea que saliera para llegar a fin de mes, y ahí fue cuando la conocí a ella.

Era la encargada pública de cuidar un proyecto de construcción en el que trabajé como obrero. Su cabello era de color negro azabache, como sus ojos, y me conquistó desde el momento que nos conocimos.

Aunque fuera considerablemente mayor que ella, y mis ingresos no bastaban como para mantener a ambos, de todas formas nos amábamos y eventualmente nos casamos. Su familia no veía la relación de la misma forma, y para ellos ella ya no existiría.

Para poder mantenernos alquilamos una pequeña casa donde iniciamos un pequeño negocio, soñando con eventualmente sumar dinero para pagarlo completo y de esa manera asegurar nuestro futuro, y el de nuestra hija, que iba a nacer en tan solo unos meses.

Fue en esa época cuando un accidente dejó una de mis piernas prácticamente inutilizada, así que tuvimos que dedicarnos completamente a la pastelería que habíamos puesto, pero todo iba demasiado bien, y en tan solo unos meses juntaríamos el dinero que necesitábamos para comprar el lugar.

Pero antes de eso, llegó el día del parto, las cosas no salieron como debían, y así mi hija se convirtió en la única persona a mi lado.

Más en ese momento debía encontrar la forma de garantizar su seguridad, pero sin mi mujer a mi lado se me dificultaba mucho el manejo del negocio, las ventas bajaron, y el dinero acumulado disminuía rápidamente. 


Mantener el alquiler de la casa y la pastelería se volvió imposible, y prioricé este último, antes de quedarnos sin nada.

Lo que tenía que hacer ahora era conseguir el dinero para terminar de comprar el local, pero con los gastos diarios que necesitábamos la bebé y yo no podría simplemente con el negocio.

La única forma de obtener dinero rápido era recuperar mi antiguo trabajo para un último encargo. No es que me gustara la idea, pero la paga seria más que suficiente para no tener que volver nunca más. 

Lamentablemente los actuales jefes no estaban interesados en un viejo con una pierna lastimada que había trabajado allí hace unos diez años, claro está, no dejaron de sonreír mientras sencillamente me tiraban a la calle sin preocuparse por lo que le pasara a mi hija y a mí.

Pero un antiguo amigo entró en contacto conmigo. Lamentablemente su posición, aunque había mejorado desde la última vez que lo viera, no garantizaba que pudiera darme la cantidad de dinero que quería en tan poco tiempo, pero al menos me ofreció un trabajo regular, me dejaría atado de manos y pies, pero podría conseguirme un hogar temporal hasta que pudiera permitirme uno mejor.

No acepté. Aunque realmente me había planteado volver al trabajo de mi pasado, no quería que fuera algo permanente, mi hija no merecía crecer ante una situación así, y le pregunté a mi amigo si conocía a alguien que pudiera hacerme el préstamo.

Al principio dijo que no, pero me detuvo antes de que saliera de la habitación, sí conocía a alguien, pero no estaba seguro si convenía que me arriesgara. James Solth, ese era su nombre, y aunque no sabía quién era, sentí un extraño pesar en mi corazón al escucharlo.

Nadie sabía quién era exactamente, pero supuestamente había llegado hace unos cincuenta años al país desde Europa. Su trabajo era simple. Otorgaba prestamos, y los cobraba, nada más, sin intereses ni nada, al tiempo que el deudor quisiera mientras tuviera lógica, pero si el dinero no estaba cuando el momento llegaba, no sobrevivías, nadie jamás lo había visto usar armas de ningún tipo ni tener compañeros, así que no sabían cómo lo hacía, pero lo hacía.

Mi amigo me dijo que era muy arriesgado, y que si decidía acordar con él, no podría contar con nadie que me ayudara, nadie que se atreviese siquiera a oponérsele, pero no me importaba, necesitaba el dinero, así que fui.

La esquina donde se realizaban las transacciones se encontraba cerca del puerto. Todos los viernes a las ocho en punto de la noche, ni un minuto antes ni uno después, como pude comprobar.

Costaba describirlo, y no era por la oscuridad, porque precisamente el lugar estaba bastante iluminado, simplemente es como que al intentar siquiera recordar su apariencia, esta se borraba de mi mente, solo recuerdo que era un hombre bello, y mucho, pero de una manera que no generaba placer.

Su voz era suave, lenta e hipnotizante, dejó bien claros los puntos que expresaba, yo definí el plazo de tiempo en quince años, razone que para ese momento mi hija aun no preguntaría sobre el tema de cómo había obtenido el dinero.

Resultaba curioso que ni un alma pasara por allí mientras se realizaba el trato, ni humana, ni animal. Incluso no recuerdo haber visto siquiera un árbol cercano.

Una vez que mis puntos fueron expuestos, entregó el dinero, que sacó de un bolsillo. Aun no entiendo como tenia exactamente la cantidad que necesitaba ni como le entraba en tan pequeño lugar. Luego dijo algo muy curioso que recordaría por muchos años más. –Sé que tú crees que has traído muerte a las vidas de muchas personas, pero eso no es así. Hasta ahora nunca has matado a nadie verdaderamente, y sabrás a lo que me refiero si rompes nuestro acuerdo–. Entonces se marchó, caminando lentamente como cuando llegó.

Me quedé pensando en lo que dijo. ¿Acaso sabía que yo había sido un asesino en el pasado?, ¿Y a que se refería con lo de una muerte verdadera? Decidí dejar de lado esos interrogantes, lo importante es que tenía el dinero conmigo. Compré el local. Todo iba perfecto.

Pero no. La felicidad duró bastante tiempo, no lo niego, los siguientes diez años fueron todo lo que quería, pero terminaron.

Las ventas bajaron en gran medida por una crisis económica que había empezado. Los intentos de mantener el lugar abierto cada vez daban más pérdidas que ganancias. No podía mantener al personal ni a la mercancía, y no pasó mucho hasta que me vi obligado a cerrar. Mi hija se lo tomó lo mejor que pudo, insistió día tras día para que yo siguiera adelante, e incluso luego del cierre, nunca me negó una sonrisa.

Aun con mi pésimo estado, lograba conseguir pequeños trabajos por aquí y por allá, pero mi edad no me ayudaba para nada, y el dinero que obtenía a duras penas nos alcanzaba para sobrevivir. Me vi obligado a usar lo que estaba ahorrando para pagar mi deuda, mientras el tiempo se iba acortando cada vez más y más.

Finalmente, solo faltaba un mes para que el plazo de los quince años se cumpliera, y aun no tenía el dinero suficiente ni por asomo. Mi hija no sabía nada del tema, solo se dedicaba a estudiar, como yo quería. Sus notas eran excelentes, llegaría muy lejos en la vida, y tenía que asegurarme de ello.

Pero lo primero era cerrar ese antiguo acuerdo. Nuevamente necesitaba dinero, y nuevamente nadie me ayudaba, ni siquiera mi antiguo amigo, él me lo había dicho, no había marcha atrás, había perdido.

Fui al lugar de encuentro para intentar alargar mi plazo, o tal vez incluso pedir un préstamo más grande para pagar el anterior, pero Solth no apareció nunca.

No sabía qué hacer. Realmente todo terminaría en tan solo unos pocos días, mi hija se dio cuenta que algo me preocupaba, y como siempre solo me dio unas palabras de aliento y una gran sonrisa, pero no necesitaba más.

Lo quisiera o no, solo había una forma de terminar esto: volver a desempolvar mi antigua pistola, y cerrar el trato con su sangre. Tenía solo seis balas, más que suficiente. Nunca nadie lo había visto con armas, nunca estaba acompañado, no habría forma de que pudiera salvarse. Él mismo dijo que yo nunca había matado a nadie realmente, pero ahora sí vería lo que era morir de verdad.

Fue puntual, no esperaba menos. No lo noté diferente. Era como si los últimos quince años para él no hubieran existido. Más tarde incluso me di cuenta que su traje era igual al de esa vez. Como pensaba no estaba acompañado ni llevaba ningún arma aparentemente.

Y lo primero que hizo cuando me vio, fue sonreír. No se veía como una sonrisa falsa, sino honesta, y habló claramente. –No lo hagas más complicado–. Eso me molestó. De alguna forma sabía lo que tenía planeado, aunque eso no tuviera sentido. Se veía ahí, creyéndose tan poderoso, pero no podría salvarse hiciera lo que hiciera.

Su expresión no cambió cuando saqué el arma, ni tampoco cuando disparé, y lentamente cayó al suelo, llenándolo de sangre. Recién ahí la sonrisa desapareció, pero mi ira no había decaído y jalé el gatillo cuatro veces más.

Fue entonces cuando me di cuenta que me había dejado llevar, la policía llegaría muy pronto. Coloqué con cuidado mi arma en la mano de Solth, como tantas veces hice con otras personas antes. Se sintió muy fría al tacto, lo que era raro ya que la muerte era tan reciente.

Me alejé rápidamente. Como llevaba guantes no podrían encontrar mis huellas dactilares, y aunque no pareciera un suicidio plenamente, seguramente la policía conocía a Solth y lo harían quedar como un asesinato de algún rival o algo similar.


Ya todo había terminado, solo tenía que volver a mi hogar, abrazar a mi hija, y hacer como si nada hubiese pasado. Mi vida seguía mal, pero sabía que al menos la de ella no se arruinaría por mi culpa, podríamos seguir adelante.


Abrí la puerta de mi hogar con felicidad, deseaba ver esa sonrisa que me acompañaba en todos mis días, la que expresaba una alegría, y un deseo de seguir adelante ante todo, pero encontré algo diferente.

Ella estaba sentada en una silla, la que usaba siempre para estudiar con esfuerzo y dedicación, su cuerpo estaba encorvado, y su rostro caído sobre la mesa, aplastando las hojas y carpetas, sus ojos abiertos, mirando directamente a donde estaba yo, sin la más mínima expresión de vida.

Realmente no podía ni darme cuenta lo que estaba pasando, nada tenía sentido, solo caí de rodillas al suelo. Tal vez todo fuera una gigantesca pesadilla de la que no había despertado.

De la cocina salió una figura que se apoyo en la mesa al lado de mi hija. Era James Solth, no tenía sangre goteando de las heridas que le había hecho, aunque la ropa estaba rota de todas formas. Sus manos, que se veían sumamente suaves, acariciaron los cabellos de mi retoño con una ternura difícil de explicar. Lentamente sus labios empezaron a moverse.

–Nunca deja de ser triste–. Empezó a hablar con melancolía. –Cuando un alma deja un cuerpo tan joven, yéndose hacia un destino incierto. Nadie puede saber que le deparara el futuro a su forma inmortal.-
Se acercó a mí hasta colocarse en frente mío. Se veía mucho más peligroso que antes.

–Una persona como usted no puede hablar de verdadera muerte, porque nunca ha sentido el momento en el que su alma y la del otro quedan unidas para siempre–.

No entendía nada en ese momento. Su discurso seguía con largas pausas intermedias, pero aunque las palabras entraban en mi cabeza no podía comprenderlas.

–Matar, para ti, es solo destrozar el cuerpo físico, una mera cáscara que permite que un alma interactué con otros de su especie–. Por unos segundos creí ver un destello blanco similar a humo en su mano, que sopló mientras continuaba su monologo. –Pero el alma sigue siendo libre, para existir, dentro de su propia realidad, fuera de la comprensión humana, fuera de las reglas establecidas por un mundo egoísta y desconsiderado, en la que el dinero mueve a la gente, y todo, incluyendo los sueños y deseos, parecen tener un precio–.

Luego de unos segundos mirando hacia la nada se dirigió directamente a mí. –La verdadera muerte, es cuando el alma se pudre, cuando no importa que consiga otro cuerpo, que siga existiendo, porque su único deseo es desaparecer. Todo lo que tenía, todo lo que adoraba, queda transformado en un antiguo recuerdo, y todo se vuelve vano, innecesario, inútil, incluyendo la vida, y en ese momento– de su bolsillo sacó la misma arma que yo había usado antes, y la colocó cerca mío –es cuando ya no tienes que completar el trabajo.-
Luego de eso, empezó a caminar hacia la puerta del frente, diciendo una última frase. –Sabes que tiene una sola bala, úsala bien–.

No pensé en ir contra él en ese momento, ya lo había hecho una vez, no había servido, pero tampoco me importaba. Agarré el arma, metí el cañón en mi boca, y sin dudarlo disparé.

Lo que pasó después no puede ser descripto. Pueden ser segundos, o tal vez meses, pero mi propia existencia dejó de importarme, y solo sentía una gran y gigantesca calma. Pero cuando terminó, tan sorpresivamente como cuando comenzó, solo quedó dolor, no físico, porque ya no tenía un cuerpo conmigo, sino dolor del verdadero, causado por el sufrimiento, la misma esencia de todos los que había matado a lo largo de mi vida, su dolor expresado a través mío, sus deseos frustrados, su sufrimiento agónico por perder a sus seres queridos, y también el de los que quedaron atrás, condensado en un instante eterno, y la risa, su risa, siempre acompañándome.

Y lo supe. James Solth es el Diablo encarnado en una persona. Ahora sé que tenía razón al pensarlo, y él me mató, pero me mató de verdad.


                                                                       FIN.