sábado, 4 de julio de 2015

La verdadera muerte



Por poco me olvidaba que tocaba actualizar, jeje.

Esta historia es una de las cosas más viejas que escribí, de hecho, creo que es lo primero que escribí no fan fiction desde que escribo regularmente. En parte por eso es que le tengo un cierto cariño especial, además de que era una idea que el otro día me puse a pensar, se me ocurrió masomenos cuando aun seguía en la primaria. Debe estar subida en uno o dos tres lados perdidos por la Internet, y ahora llega aquí, a este pequeño rincón.

James Solth es el Diablo encarnado en persona, me lo habían dejado bastante claro todos mis conocidos que habían oído hablar de él.
Creo que nunca hubiera buscado su ayuda de no estar tan desesperado, pero déjenme contarles la historia completa.
Mi nombre es Gerard Pauliette. En mis tiempos jóvenes me dediqué de lleno a actividades poco legales. No digo que haya estado bien que lo haya hecho, pero fue lo único de lo que  pude ocuparme en esa época. Mi trabajo consistía en sacar del camino personas molestas para mis jefes, pero aunque murieran a mis manos, nunca sentí compasión por ninguno de ellos, no la merecían.
Un día cambió todo. El sujeto que tenía que matar había causado problemas muy graves como para dejarlo con vida, pero sin desearle el mal a nadie. Por primera vez sentí que apretar el gatillo no era tan sencillo como antes, y aunque finalmente lo hice, supe que sería la última vez. Siempre vería su rostro en las caras de mis victimas.

Salir del negocio no fue tan difícil como cualquiera habría pensado. Me había ganado mi retiro con los años, aunque los demás no entendieran por qué había tomado tal decisión.

Durante los siguientes meses fui realizando trabajos menores, lo que sea que saliera para llegar a fin de mes, y ahí fue cuando la conocí a ella.

Era la encargada pública de cuidar un proyecto de construcción en el que trabajé como obrero. Su cabello era de color negro azabache, como sus ojos, y me conquistó desde el momento que nos conocimos.

Aunque fuera considerablemente mayor que ella, y mis ingresos no bastaban como para mantener a ambos, de todas formas nos amábamos y eventualmente nos casamos. Su familia no veía la relación de la misma forma, y para ellos ella ya no existiría.

Para poder mantenernos alquilamos una pequeña casa donde iniciamos un pequeño negocio, soñando con eventualmente sumar dinero para pagarlo completo y de esa manera asegurar nuestro futuro, y el de nuestra hija, que iba a nacer en tan solo unos meses.

Fue en esa época cuando un accidente dejó una de mis piernas prácticamente inutilizada, así que tuvimos que dedicarnos completamente a la pastelería que habíamos puesto, pero todo iba demasiado bien, y en tan solo unos meses juntaríamos el dinero que necesitábamos para comprar el lugar.

Pero antes de eso, llegó el día del parto, las cosas no salieron como debían, y así mi hija se convirtió en la única persona a mi lado.

Más en ese momento debía encontrar la forma de garantizar su seguridad, pero sin mi mujer a mi lado se me dificultaba mucho el manejo del negocio, las ventas bajaron, y el dinero acumulado disminuía rápidamente. 


Mantener el alquiler de la casa y la pastelería se volvió imposible, y prioricé este último, antes de quedarnos sin nada.

Lo que tenía que hacer ahora era conseguir el dinero para terminar de comprar el local, pero con los gastos diarios que necesitábamos la bebé y yo no podría simplemente con el negocio.

La única forma de obtener dinero rápido era recuperar mi antiguo trabajo para un último encargo. No es que me gustara la idea, pero la paga seria más que suficiente para no tener que volver nunca más. 

Lamentablemente los actuales jefes no estaban interesados en un viejo con una pierna lastimada que había trabajado allí hace unos diez años, claro está, no dejaron de sonreír mientras sencillamente me tiraban a la calle sin preocuparse por lo que le pasara a mi hija y a mí.

Pero un antiguo amigo entró en contacto conmigo. Lamentablemente su posición, aunque había mejorado desde la última vez que lo viera, no garantizaba que pudiera darme la cantidad de dinero que quería en tan poco tiempo, pero al menos me ofreció un trabajo regular, me dejaría atado de manos y pies, pero podría conseguirme un hogar temporal hasta que pudiera permitirme uno mejor.

No acepté. Aunque realmente me había planteado volver al trabajo de mi pasado, no quería que fuera algo permanente, mi hija no merecía crecer ante una situación así, y le pregunté a mi amigo si conocía a alguien que pudiera hacerme el préstamo.

Al principio dijo que no, pero me detuvo antes de que saliera de la habitación, sí conocía a alguien, pero no estaba seguro si convenía que me arriesgara. James Solth, ese era su nombre, y aunque no sabía quién era, sentí un extraño pesar en mi corazón al escucharlo.

Nadie sabía quién era exactamente, pero supuestamente había llegado hace unos cincuenta años al país desde Europa. Su trabajo era simple. Otorgaba prestamos, y los cobraba, nada más, sin intereses ni nada, al tiempo que el deudor quisiera mientras tuviera lógica, pero si el dinero no estaba cuando el momento llegaba, no sobrevivías, nadie jamás lo había visto usar armas de ningún tipo ni tener compañeros, así que no sabían cómo lo hacía, pero lo hacía.

Mi amigo me dijo que era muy arriesgado, y que si decidía acordar con él, no podría contar con nadie que me ayudara, nadie que se atreviese siquiera a oponérsele, pero no me importaba, necesitaba el dinero, así que fui.

La esquina donde se realizaban las transacciones se encontraba cerca del puerto. Todos los viernes a las ocho en punto de la noche, ni un minuto antes ni uno después, como pude comprobar.

Costaba describirlo, y no era por la oscuridad, porque precisamente el lugar estaba bastante iluminado, simplemente es como que al intentar siquiera recordar su apariencia, esta se borraba de mi mente, solo recuerdo que era un hombre bello, y mucho, pero de una manera que no generaba placer.

Su voz era suave, lenta e hipnotizante, dejó bien claros los puntos que expresaba, yo definí el plazo de tiempo en quince años, razone que para ese momento mi hija aun no preguntaría sobre el tema de cómo había obtenido el dinero.

Resultaba curioso que ni un alma pasara por allí mientras se realizaba el trato, ni humana, ni animal. Incluso no recuerdo haber visto siquiera un árbol cercano.

Una vez que mis puntos fueron expuestos, entregó el dinero, que sacó de un bolsillo. Aun no entiendo como tenia exactamente la cantidad que necesitaba ni como le entraba en tan pequeño lugar. Luego dijo algo muy curioso que recordaría por muchos años más. –Sé que tú crees que has traído muerte a las vidas de muchas personas, pero eso no es así. Hasta ahora nunca has matado a nadie verdaderamente, y sabrás a lo que me refiero si rompes nuestro acuerdo–. Entonces se marchó, caminando lentamente como cuando llegó.

Me quedé pensando en lo que dijo. ¿Acaso sabía que yo había sido un asesino en el pasado?, ¿Y a que se refería con lo de una muerte verdadera? Decidí dejar de lado esos interrogantes, lo importante es que tenía el dinero conmigo. Compré el local. Todo iba perfecto.

Pero no. La felicidad duró bastante tiempo, no lo niego, los siguientes diez años fueron todo lo que quería, pero terminaron.

Las ventas bajaron en gran medida por una crisis económica que había empezado. Los intentos de mantener el lugar abierto cada vez daban más pérdidas que ganancias. No podía mantener al personal ni a la mercancía, y no pasó mucho hasta que me vi obligado a cerrar. Mi hija se lo tomó lo mejor que pudo, insistió día tras día para que yo siguiera adelante, e incluso luego del cierre, nunca me negó una sonrisa.

Aun con mi pésimo estado, lograba conseguir pequeños trabajos por aquí y por allá, pero mi edad no me ayudaba para nada, y el dinero que obtenía a duras penas nos alcanzaba para sobrevivir. Me vi obligado a usar lo que estaba ahorrando para pagar mi deuda, mientras el tiempo se iba acortando cada vez más y más.

Finalmente, solo faltaba un mes para que el plazo de los quince años se cumpliera, y aun no tenía el dinero suficiente ni por asomo. Mi hija no sabía nada del tema, solo se dedicaba a estudiar, como yo quería. Sus notas eran excelentes, llegaría muy lejos en la vida, y tenía que asegurarme de ello.

Pero lo primero era cerrar ese antiguo acuerdo. Nuevamente necesitaba dinero, y nuevamente nadie me ayudaba, ni siquiera mi antiguo amigo, él me lo había dicho, no había marcha atrás, había perdido.

Fui al lugar de encuentro para intentar alargar mi plazo, o tal vez incluso pedir un préstamo más grande para pagar el anterior, pero Solth no apareció nunca.

No sabía qué hacer. Realmente todo terminaría en tan solo unos pocos días, mi hija se dio cuenta que algo me preocupaba, y como siempre solo me dio unas palabras de aliento y una gran sonrisa, pero no necesitaba más.

Lo quisiera o no, solo había una forma de terminar esto: volver a desempolvar mi antigua pistola, y cerrar el trato con su sangre. Tenía solo seis balas, más que suficiente. Nunca nadie lo había visto con armas, nunca estaba acompañado, no habría forma de que pudiera salvarse. Él mismo dijo que yo nunca había matado a nadie realmente, pero ahora sí vería lo que era morir de verdad.

Fue puntual, no esperaba menos. No lo noté diferente. Era como si los últimos quince años para él no hubieran existido. Más tarde incluso me di cuenta que su traje era igual al de esa vez. Como pensaba no estaba acompañado ni llevaba ningún arma aparentemente.

Y lo primero que hizo cuando me vio, fue sonreír. No se veía como una sonrisa falsa, sino honesta, y habló claramente. –No lo hagas más complicado–. Eso me molestó. De alguna forma sabía lo que tenía planeado, aunque eso no tuviera sentido. Se veía ahí, creyéndose tan poderoso, pero no podría salvarse hiciera lo que hiciera.

Su expresión no cambió cuando saqué el arma, ni tampoco cuando disparé, y lentamente cayó al suelo, llenándolo de sangre. Recién ahí la sonrisa desapareció, pero mi ira no había decaído y jalé el gatillo cuatro veces más.

Fue entonces cuando me di cuenta que me había dejado llevar, la policía llegaría muy pronto. Coloqué con cuidado mi arma en la mano de Solth, como tantas veces hice con otras personas antes. Se sintió muy fría al tacto, lo que era raro ya que la muerte era tan reciente.

Me alejé rápidamente. Como llevaba guantes no podrían encontrar mis huellas dactilares, y aunque no pareciera un suicidio plenamente, seguramente la policía conocía a Solth y lo harían quedar como un asesinato de algún rival o algo similar.


Ya todo había terminado, solo tenía que volver a mi hogar, abrazar a mi hija, y hacer como si nada hubiese pasado. Mi vida seguía mal, pero sabía que al menos la de ella no se arruinaría por mi culpa, podríamos seguir adelante.


Abrí la puerta de mi hogar con felicidad, deseaba ver esa sonrisa que me acompañaba en todos mis días, la que expresaba una alegría, y un deseo de seguir adelante ante todo, pero encontré algo diferente.

Ella estaba sentada en una silla, la que usaba siempre para estudiar con esfuerzo y dedicación, su cuerpo estaba encorvado, y su rostro caído sobre la mesa, aplastando las hojas y carpetas, sus ojos abiertos, mirando directamente a donde estaba yo, sin la más mínima expresión de vida.

Realmente no podía ni darme cuenta lo que estaba pasando, nada tenía sentido, solo caí de rodillas al suelo. Tal vez todo fuera una gigantesca pesadilla de la que no había despertado.

De la cocina salió una figura que se apoyo en la mesa al lado de mi hija. Era James Solth, no tenía sangre goteando de las heridas que le había hecho, aunque la ropa estaba rota de todas formas. Sus manos, que se veían sumamente suaves, acariciaron los cabellos de mi retoño con una ternura difícil de explicar. Lentamente sus labios empezaron a moverse.

–Nunca deja de ser triste–. Empezó a hablar con melancolía. –Cuando un alma deja un cuerpo tan joven, yéndose hacia un destino incierto. Nadie puede saber que le deparara el futuro a su forma inmortal.-
Se acercó a mí hasta colocarse en frente mío. Se veía mucho más peligroso que antes.

–Una persona como usted no puede hablar de verdadera muerte, porque nunca ha sentido el momento en el que su alma y la del otro quedan unidas para siempre–.

No entendía nada en ese momento. Su discurso seguía con largas pausas intermedias, pero aunque las palabras entraban en mi cabeza no podía comprenderlas.

–Matar, para ti, es solo destrozar el cuerpo físico, una mera cáscara que permite que un alma interactué con otros de su especie–. Por unos segundos creí ver un destello blanco similar a humo en su mano, que sopló mientras continuaba su monologo. –Pero el alma sigue siendo libre, para existir, dentro de su propia realidad, fuera de la comprensión humana, fuera de las reglas establecidas por un mundo egoísta y desconsiderado, en la que el dinero mueve a la gente, y todo, incluyendo los sueños y deseos, parecen tener un precio–.

Luego de unos segundos mirando hacia la nada se dirigió directamente a mí. –La verdadera muerte, es cuando el alma se pudre, cuando no importa que consiga otro cuerpo, que siga existiendo, porque su único deseo es desaparecer. Todo lo que tenía, todo lo que adoraba, queda transformado en un antiguo recuerdo, y todo se vuelve vano, innecesario, inútil, incluyendo la vida, y en ese momento– de su bolsillo sacó la misma arma que yo había usado antes, y la colocó cerca mío –es cuando ya no tienes que completar el trabajo.-
Luego de eso, empezó a caminar hacia la puerta del frente, diciendo una última frase. –Sabes que tiene una sola bala, úsala bien–.

No pensé en ir contra él en ese momento, ya lo había hecho una vez, no había servido, pero tampoco me importaba. Agarré el arma, metí el cañón en mi boca, y sin dudarlo disparé.

Lo que pasó después no puede ser descripto. Pueden ser segundos, o tal vez meses, pero mi propia existencia dejó de importarme, y solo sentía una gran y gigantesca calma. Pero cuando terminó, tan sorpresivamente como cuando comenzó, solo quedó dolor, no físico, porque ya no tenía un cuerpo conmigo, sino dolor del verdadero, causado por el sufrimiento, la misma esencia de todos los que había matado a lo largo de mi vida, su dolor expresado a través mío, sus deseos frustrados, su sufrimiento agónico por perder a sus seres queridos, y también el de los que quedaron atrás, condensado en un instante eterno, y la risa, su risa, siempre acompañándome.

Y lo supe. James Solth es el Diablo encarnado en una persona. Ahora sé que tenía razón al pensarlo, y él me mató, pero me mató de verdad.


                                                                       FIN.

 

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